Faltan manos, falla el oficio, el tiempo y la memoria, los
trigos y su harina, sobran los elementos añadidos.
Faltan manos, falla el oficio, el tiempo y la memoria, los
trigos y su harina, sobran los elementos añadidos. CARLES RIBAS
Comer pan ahora casi siempre resulta una condena. Una
multitud es víctima de un fracaso. Demasiado veces es una decepción llevarse a
la boca lo que era / es argumento colateral de la comida y los placeres
rutinarios.
Quién prueba cientos de productos o platos sin el apoyo de
una rebanada, esa barca salvadora? No vale la pena comer tantas cosas buenas
sin la ayuda del buen pan.
Gran parte de lo que acontece en torno al producto, el pan
nuestro de cada día, generalmente son novedades decepcionantes,
insatisfactorias para los comunes consumidores.
Quizás se puede sostener que es un elemento tradicional de
la cultura doméstica en extinción, una mala experiencia reiterada. Demasiados
panes —de factura automática, descuidada o industrial sobre todo— son mediocres
sino 'peste', más que malos. Al ser un producto y complemento gastronómico-alimenticio
sencillo y fijo, los hechos negativos se constatan siempre y son de impacto
transversal, general.
Faltan manos, falla el oficio, el tiempo y los recursos, los
trigos y su harina, sobran elementos añadidos, está en duda la masa madre, la
levadura, el agua, el amasado, el reposo, el fuego y los hornos.
No es una tendencia, parece un hecho imparable comercial y
biológicamente. Pasamos por la devastación de la memoria con la caída de la
oferta de los hornos familiares, artesanos, de pueblo y barrio. Han cerrado
demasiadas panaderías, portales antiguos, establecimientos de los que emanaba
aquel aroma urbano tan interesante: el olor sano de harina cruda, de masa, pan
fresco, recién cocido, caliente.
La crisis del pan tradicional (y de los panecillos y pastas
saladas y dulces) nace de la jubilación o extinción de las sagas familiares de
panaderos, del fracaso que es no poder pagar los nuevos carísimos alquileres
que el mercado y la ley liberal imponen.
Con todo esto es una crisis cultural, de país dirían, sin
ONG u organización interesada de denuncia de la derrota, en las ciudades y
también en el territorio de las islas. En IB3 los predicadores de los placeres,
Calent, Gomila, Caldentey, Taura y compañía constatan las razones y las dudas.
En ‘foravila’ son ya testimoniales los campos sembrados. No
hay miesas locales y cereales habituales. No se labran ni hacen rendir miles de
cuarteradas que eran consagradas al trigo más concreto. Hay producciones anecdóticas
de variedades propias, clásicas adaptadas a la tierra y al clima isleños, al
paladar finalmente de los autóctonos.
Los buenos panes perdidos eran horneados cada día en un
oficio, aun antes de la doctrina del kilómetro cero y de la lógica del producto
local. Apenas se halla pan bueno, correcto, crujiente, humilde en la boca, bien
hecho, aquel que no está crudo, húmedo, gomoso. Filigranas con semillas y
material de super no faltan.
El pan debe motivar el apetito, parecer una pieza cerámica,
el barro golpeado y labrado como el que Barceló hizo en Nápoles para la
catedral de Mallorca. Las hogazas eran / deberían ser pan 'curro', que suena
bien, fresco, bien cocido y compacto, un pan que se pueda rebanar delgado y
grueso, con el cuerpo, la miga y la corteza para hacer el ‘pa amb oli’ del
credo.
El pan ha de sobrevivir más de un día si el comprador lo
desea, debe durar, envejecer bien cada noche, sin endurecerse y trasformarse en
una piedra o un chicle elástico. La ‘peste’ surge cuando la miga se torna negra
o verde en pocas horas y el pan se convierte en un residuo en su cesta, medio
kilo con moho y colorines.
Convendría resucitar la confianza en el pan. Se hizo con las
galletas de aceite o de barco, de Inca, un 'boom' en hornos (Artà, Muro,
Porreres, Manacor), una alternativa cierta a la hegemonía industrial de las 'quelitas'’,
un genérico global.
Hay derivadas del pan bueno concreto que perviven: Las
costras (sobras asadas del pan duro) son materia consagrada para la ensalada de
Ibiza y Formentera, con el pescado seco conservado del país plano del sur.
También las llaman ‘bescuit’. Una variada, un pan delgado, como una hostia de
misa mayor, son las galletas fuertes, gigantes, marineras de Vila. En Menorca
vindican más su salsa mahonesa, los dulces, la modernidad y los platos de los
pasado de Fra Roger. Los activistas animan en la mesa y las barras el Festival
de Jazz desde Ciutadella, veterano y sólido como el de Ibiza, música que ayuda
más a beber.
Ahora vale aquella norma conservadora, nostálgica y / o
realista que fragua la añoranza del pasado como motor vital, el recurso de la
queja y el lamento de lo que pasó y se fue.
La muerte del pan es la crónica de una cierta frustración,
la constatación de que el pan normal, de siempre, tradicional, se ha perdido, y
ha mermado nuestra riqueza emocional, como mínimo.
Excelente redacción ¡Saludos!
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